contacto :: foro :: archivo weblog :: archivo artículos :: links :: home
La historia para ser contada
Clásica, noviembre de 1999

Cuentan los hombres que saben —pero Günter Grass sabe más—:, que Walter Raleigh o Francis Drake llevaron la papa a Europa. Probablemente no sea cierto. Tal vez fueron los españoles. Los que primero cultivaron la papa fueron los irlandeses. Antoine Agustin Parmentier la llevó a Francia, y hay testigos que afirman que la reina Maria Antronieta se adornó la cabeza con flores de papa.
Hasta donde yo sé, la literatura le rindió cuatro veces justificado tributo: Shakespeare, cuando le hace decir a Falstaff "¡Qué lluevan papas del cielo!"; Louis-Ferdinand Céline, cuando en Muerte a Crédito Courtial trata de poner en práctica un nuevo invento, el campo electrificado subterráneamente con el que conseguirá papas del tamaño de una sandía (el resultado es triste, y Courtial prefiere volarse la tapa de los sesos ante la evidencia de que la electricidad benéfica no ha hecho más que achicharrar las papas hasta dejarlas del tamaño de una pasa de uva); Francis Ponge, en una de sus piezas (que comienza diciendo: "Pelar una papa hervida de buena calidad es un placer de primera"); y Günter Grass, en El Rodaballo, cuando Amanda Woyke, la cocinera de la servidumbre, ayuda a popularizar la papa prusiana, creyendo incluso haber encontrado en la fécula de papa un remedio contra el cólera.
Siguiendo las instrucciones de Amanda todos los siervos, siervas, jornaleros, aparceros, pensionados y señores se frotaban preventivamente el cuerpo con fécula de papa. Amanda friccionaba con fécula de papa cualquier cosa, todo lo imaginable. La gente acudía a Amanda con quemaduras. Y si las vacas no podían parir, la fécula de papa, administrada con embudo, hacía que expulsaran.
Amanda Woyke, nacida en 1734 en el Zuckau polaco y muerta en 1806 en el Zuckau prusiano. Amanda contaba historias mientras pelaba papas. Sabía que las historias no pueden acabar, que toda historia, mientras queden papas por pelar, quiere ser contada.
¿Por qué la papa? Hay que reconocer, la perfección del tubérculo, pero en cualquier caso, es un tributo merecido el que estos cuatro elefantes de la literatura le rindieron. Günter Grass, el último, fue quizás quien le dedicó más aliento, más esfuerzos. El Rodaballo tiene, en la versión castellana, 557 páginas magistralmente traducidas por el español Miguel Sáenz. Muchos de los que opinan que el otorgamiento del Nobel a Grass se debió sólo a cuestiones políticas sin duda nunca la han oído nombrar.
Antes de ser escritor, Grass fue escultor y dibujante (en los últimso años ha vuelto a dibujar fervientemente, sobre todo los bosques talados daneses, en el Harz superior, en los Montes Metalíferos, donde el paisaje, a juzgar por su carbonilla, hace pensar en un juego de palitos chinos). También escribió obras de teatro, cortas, grotescas, que que le deben mucho a Beckett. Poeta (en 1994 la editorial española Visor publicó una antología suscinta de sus poemas), sabe ser divertido, horripilante y, a la vez, extrañamente vital; al igual que en los poemas dispersos en sus novelas, éstos denuncian de alguna forma las falsas identidades del hombre moderno, la fragmentación del mundo. Pero el absurdo también está en las novelas que le dieron fama internacional. El tambor de hojalata está plagada de escenas que contribuyeron a convertirla en un escándalo, pero aun así son absolutamente accesorias: lo que queda, lo que decanta, lo que a lo largo de los años, después de haberla leído, permanece, es una épica que, a falta de otras palabras, llamaremos "autobiográfica". Como siempre ocurre, su fuerza reside en el estilo. ¿Y qué es el estilo? Muchas cosas: la poesía en la prosa, es decir, una manera de expresar que el pensamiento no puede explicar; o también: el orden y el movimiento que se pone en los pensamientos; o también: la consecuencia de la brevedad de la vida humana y la inmensidad de un designio de largo aliento; o también: aquello exacto, preciso, esencial, que podría despertar a un muerto; o también: el olvido de todos los estilos; o también: el vestido de la idea; o también... En ella, Oscar Matzerath, al cumplir tres años, decide no crecer más, para expresar su repudio al mundo de los adultos. La técnica y los temas son análogos en las novelas que siguieron: sátira grotesca de la violencia nazi, la guerra y su final, las Alemania de posguerra: Años de perro, El gato y el ratón. Su obra teatral Los plebeyos ensayan la rebelión es sin duda inferior a sus primeras experiencias teatrales.
En Diario de un caracol le habla a sus hijos sobre el pasado y el presente (estamos en 1972) de Alemania. El libro adopta la forma de un diario íntimo, de un ritmo lento como el andar de un caracol. La ratesa, publicada en 1986, causó una viva polémica en Alemania: un hombre recibe como regalo de Navidad una rata enjaulada, que lo perseguirá en sus pesadillas y lo acosará de día y de noche para profetizarle el fin de la especie humana. En Malos presagios, de 1991, una polaca y un alemán (ella restauradora, él historiador del arte) se conocen en Danzig en 1989, el Día de los Fieles Difuntos. Al visitar juntos un cementerio tienen una idea: como acto humanitario y como contribución a la reconciliación entre Polonia y Alemania, darle a los alemanes en otro tiempo huidos o expulsados de Danzig la posibilidad de hallar el último reposo en su antigua tierra. Fundan entonces una Sociedad Germano-Polaca de Cementerios e inauguran el primer Cementerio de la Reconciliación. Es cuento largo, de 1995, traza un panorama de la historia alemana, desde la revolución de marzo de 1848 hasta nuestros días.
A la espera de su último libro, Mi siglo, vuelve a la mente El Rodaballo, una novela caudalosa como el mundo, una sátira feroz contra los hombres y contra el feminismo, la novela nacida del famoso cuento de los hermanos Grimm, La mujer que quería demasiado, que alcanza las dimensiones de un ambicioso y extenso ejercicio simbólico, exagerando ese simbolismo casi hasta la incomprensibilidad. Quien la haya leído no puede sentirse tentado a pensar que este Nobel no ha sido concedido con sueca justicia ejemplar.